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Espiritualidad hoy. Parte I. Un camino entre el ruido y el silencio

  • Foto del escritor: Dhyan
    Dhyan
  • 14 nov 2025
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 25 nov 2025

El pasado 13 de noviembre me invitaron a dar una charla en el Club Privado Castellana 100, que titulé "Espiritualidad hoy: un camino entre el ruido y el silencio". Allí tuvimos la oportunidad de reflexionar acerca de la espiritualidad, basada en mi propia trayectoria personal y lo aprendido durante el desarrollo de la profesión como profesora de yoga y meditación y mis viajes por América y Asia.


He convertido esta reflexiones en este artículo como una invitación a cuestionarte qué papel tiene la espiritualidad en tu vida.


Esta es la primera entrada de cuatro en las que he dividido los aspectos expuestos en la charla, que se irán publicando semanalmente en este blog.



Trayectoria personal y cambio de vida

Nací en Madrid, aunque con los años —y con cada viaje— mis fronteras personales se han ido disolviendo. Hoy me siento, simplemente, ciudadana del mundo. Parte del género humano. Terrícola. Ojalá ahí pudieran terminar todas mis etiquetas.


Hasta los 40 años seguí el guion de una vida estándar: colegio, universidad, trabajo estable, pareja durante 18 años… Hasta que, de pronto, llegó la gran crisis. Terminé mi relación, el proyecto laboral que lideraba se vino abajo y me encontré frente a un abismo desconocido.

Todo aquello que creía ser —la profesional exitosa, la pareja estable, la persona “con el camino resuelto”— empezó a desmoronarse. Sentí frustración, pero sobre todo sentí miedo. Y, sin embargo, con el tiempo comprendí que aquel fue mi mejor gran fracaso… y mi mayor regalo. El punto de quiebre que lo transformó todo.


Decidí entonces lanzarme a un viaje de mochilera durante dos años. Un viaje que fue mucho más que kilómetros y fronteras: fue el primer impulso profundo de un camino espiritual que hasta entonces apenas había asomado, tímido, en mi vida.


Ese viaje se convirtió en el reajuste que mi alma necesitaba. Me enseñó a mirar mi historia desde otra perspectiva, a preguntarme quién era sin todos los títulos, etiquetas y seguridades. Volví con una perspectiva nueva, con el coraje suficiente para cambiar de rumbo y alinearme, por fin, con lo que realmente deseaba.


Pasados los 40, cambié de profesión, me formé como profesora de yoga y meditación, escribí un libro y, sobre todo, empecé a integrar el gran aprendizaje que aquella crisis había venido a mostrarme: que a veces el fracaso es solo el comienzo de un camino más alineado con tu alma.


Podría decir que mi camino espiritual comienza con el yoga. Fue un proceso lento, constante y silencioso en el que cuerpo, mente y energía empezaron a afinarse, a sintonizarse, a armonizarse… y también a expandirse. A través de la práctica, se fueron abriendo otras formas de percepción, entendiendo otras dimensiones del Ser y de la existencia que trascienden el cuerpo físico y el mundo material.


Pero, haciendo memoria, hay un momento aparentemente insignificante que hoy reconozco como profundamente simbólico dentro de este camino. Un día, durante uno de mis viajes de ejecutiva, compré un libro de Elsa Punset. En él leí una frase que decía que somos responsables de lo que sentimos. Recuerdo haber sentido un rechazo absoluto. Cerré el libro indignada.


“¿Cómo que yo soy responsable de sentirme así?”, pensé. “¿Cómo que alguien puede hacerme daño y aun así la responsabilidad de mis emociones es mía?”.

Y, sin embargo, ese enojo fue un hito. Primero me sacudió; después, con el tiempo, hizo germinar una comprensión clave: la responsabilidad que tenemos como coautores de nuestra existencia… incluidas nuestras emociones. Aprender esto fue empezar a salir del rol de víctima, dejar de culpar fuera y asumir mi propio poder interno.



Cambio de perspectiva

Todas estas experiencias —la gran crisis, el viaje por América, el yoga— fueron ampliando mi mirada y enseñándome a ver la vida desde otro lugar. Mi mente, acostumbrada a moverse en lo científico, lo lógico y lo racional (lo que podríamos llamar la energía más “masculina”), empezó a abrir espacio a la intuición, al misticismo, al misterio y a lo irracional.

Ese desajuste, ese cruce entre dos universos, fue en realidad una expansión: un permiso para acceder a capas más profundas de mí misma y a una visión más completa.


El viaje como proceso iniciático y catalizador


La ruptura del paradigma con el que había vivido —mis patrones, mi programación mental, mi molde psicológico— no vino solo del viaje en sí, sino también de ciertas experiencias que actuaron como verdaderos catalizadores. En América Latina tuve la oportunidad de acercarme a plantas maestras, como la ayahuasca, y esas vivencias abrieron grietas profundas en mi anterior forma de entender la existencia. Grietas que no destruían: revelaban, sino que dejaban entrar una nueva luz,; una nueva perspectiva de lo que es el cuerpo físico, el energético y la sanación.


Durante mi último gran viaje se sumó una dimensión que jamás imaginé que formaría parte de mi vida: la de la divinidad. Durante la mayor parte de mi historia no creía en la existencia de nada superior, ni lo sentía, ni me interesaba. Era materialista al 100%, completamente asentada en una visión científica y racional del mundo.


La negación de la divinidad había nacido, en realidad, del rechazo a una imagen que nunca resonó conmigo: un señor, con barbas, en un cielo lejano. Fue gracias a mi contacto con otras culturas —la visión ancestral americana y las tradiciones orientales— que pude abrirme a la posibilidad de que la divinidad fuese algo muy distinto: una presencia, una conciencia, una fuerza, una experiencia íntima.


Pero fue definitivamente durante el viaje a India, al acercarme a su espiritualidad, tan lejana de las tradiciones europeas, tan llena de símbolos, de misterio, de rituales cotidianos, donde me empecé a cuestionar mis propias certezas. La distancia cultural me permitió observar sin rechazo y con curiosidad.


Integración entre Ciencia y Espiritualidad


Con esta apertura interior, con la ruptura del paradigma puramente materialista, lógico y racional, comencé a mirar la realidad desde otro lugar. Me di cuenta de que el mantra occidental de “si no está demostrado científicamente, no es verdad” nos ha dejado un legado psicológico muy limitado: parece que aquello que la ciencia todavía no ha explicado no existe, no es válido o no es confiable. Y nada más lejos de la realidad.


Esa postura revela, en el fondo, una falta de comprensión profunda de la existencia —que es, y sigue siendo, el mayor de los misterios— y también un cierto ego occidental que descarta lo que no encaja en su método de validación.


Hoy, sin embargo, estamos viviendo un momento extraordinario: ciencia y espiritualidad se están acercando como nunca antes. Ambas están dando pasos firmes para encontrarse. La ciencia moderna comienza a explicar, desde su propio método, aspectos que la tradición del yoga describía desde hace miles de años a través de la observación directa, la experimentación interna y la experiencia contemplativa.


La física cuántica, por ejemplo, está abriendo campos fascinantes de comprensión. Nos muestra que una misma partícula puede comportarse como materia y como onda, es decir, como materia y como energía. También ha revelado fenómenos sorprendentes, como la influencia que tiene el observador sobre aquello que observa, o el vínculo energético que permanece entre partículas que han estado unidas: incluso al separarse, una “siente” lo que sucede a la otra y responde en consecuencia.


Todo esto nos invita, inevitablemente, a ampliar la mirada. A dejar de pensar que la realidad es solo lo que podemos medir con un aparato. A reconocer que hay dimensiones, fuerzas y niveles de experiencia que la ciencia recién está empezando a traducir con su propio lenguaje.


¿Qué entender por espiritualidad?


Seguramente haya tantas definiciones de “espiritualidad” como personas en el planeta. Para algunos está ligada a creencias y dogmas religiosos; para otros, a una relación directa con Dios; para otros, a un vínculo íntimo con uno mismo y con el mundo que le rodea.


En mi entendimiento, espiritualidad es:


• Reconocer mi multidimensionalidad. Aceptar que no soy solo un cuerpo ni solo una mente; que habita en mí una esencia, un alma, una dimensión espiritual que también necesita ser escuchada, atendida y cultivada.


• Un camino de indagación y autodescubrimiento. Explorar quién soy en profundidad. Tradiciones como el yoga o el budismo nos invitan a observar el Ser bajo el principio de “como es arriba es abajo”: comprendiendo el microcosmos interno, comprendemos también el macrocosmos.


• Una manera consciente de relacionarme conmigo misma y con el mundo. La espiritualidad es presencia, es mirada, es calidad de vínculo.


• La exploración de mi relación con el Todo. Llámese Dios, Universo, Consciencia Universal, Supraconsciencia… La palabra es lo de menos; la experiencia, lo esencial.


• Un proceso de sanación integral. Sanación física, emocional, mental y espiritual. Una purificación que me acerca a mi verdad y a mi coherencia.


Un camino dirigido a…


La espiritualidad, tal y como la entiendo, tiene una intención clara. Está orientada a:


• Comprender qué somos y por qué actuamos como actuamos. Observar nuestros patrones, nuestra historia, nuestras sombras.


• Disminuir el sufrimiento inherente a la experiencia humana. No negarlo, sino entender de dónde nace para poder aliviarlo y transformarlo.


• Desmontar la estructura del Ego. El Ego es la raíz de gran parte del sufrimiento que nos infligimos y el que proyectamos en los demás. Una espiritualidad que no trabaja con el Ego se queda en la superficie.


• Expandir la mirada más allá del pequeño “yo” y “lo mío”. Comprender que somos parte de una matriz inmensa: física, energética y sutil. Que no estamos aislados ni separados.


• Vivir desde el Ser y desde el amor. Actuar desde la autenticidad, la compasión y la claridad interior.


• Llegar al silencio, la paz y la chispa divina del Ser. Ese lugar íntimo donde todo se calma, donde todo encaja y donde la conciencia brilla con más fuerza.



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Gracias por leer, por estar aquí y por caminar juntas este sendero de consciencia y transformación.


Con cariño,

Dhyan





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